¿Un invento moderno?
Cuando vemos en nuestras calles circular autos eléctricos, nos parece una consecuencia lógica de la moderna tecnología que hoy nos rodea. Es normal, si pensamos que, en nuestro bolsillo, tenemos teléfonos celulares con más capacidad de procesamiento que las computadoras que llevaron al hombre a la luna en 1969, o que vemos el campeonato mundial de futbol en directo en nuestro living desde cualquier parte del mundo, o que la inteligencia artificial reemplaza el trabajo de muchísima gente. Pero en realidad, desconocemos que los autos eléctricos existen desde hace más de 2 siglos, y que, en realidad, es la suma con la electrónica moderna la que hoy los devolvió a una situación de privilegio.
Los primeros experimentos
En las décadas de 1820 y 1830 varios inventores comenzaron a experimentar con motores eléctricos. Aunque los datos con confusos, se dice que el primer motor eléctrico lo construyó el ingeniero, físico y sacerdote benedictino húngaro Ányos Jedlik, alrededor de 1828, aunque no supo bien que hacer con él.
Un poco más tarde, Robert Anderson, entre 1832 y 1839 construyó uno de los primeros carruajes eléctricos conocidos, aunque funcionaba con baterías no recargables. En 1834, el herrero e inventor estadounidense Thomas Davenport, (1802–1851), desarrolló un motor eléctrico práctico de corriente continua y un pequeño vehículo experimental, sentando las bases para el desarrollo de la electromecánica y el uso moderno de la electricidad. Aún así, estos vehículos eran demostraciones tecnológicas y no tenían utilidad comercial porque las baterías eran muy pesadas y de corta duración. El gran cambio llegó cuando el francés Gaston Planté inventó en 1859 la batería recargable de plomo-ácido, y pocos años después, Camille Faure mejoró considerablemente su capacidad de carga. Gracias a ello, los automóviles eléctricos comenzaron a ser realmente viables. La lista podría seguir, pero abreviando diremos que en 1888 en Coburgo (Alemania), el inventor Andreas Flocken diseñó el Flocken Elektrowagen, considerado por los historiadores como el primer automóvil eléctrico de cuatro ruedas del mundo.
La época dorada del auto eléctrico fue entre 1895 y 1910. En ciudades como Nueva York, Londres y París circulaban taxis eléctricos, automóviles particulares y hasta vehículos de reparto.
Sus ventajas frente a los motores de combustión eran importantes: Arrancaban instantáneamente (los de combustión interna se arrancaban con una manivela que a veces se trancaba y hasta podía quebrar un brazo al conductor), no requerían cambiar marchas, eran silenciosos, no producían humo ni olor, por lo que resultaban más limpios que los vehículos a vapor o gasolina. Por eso se sabe que en el 1900, aproximadamente el 40 % de los automóviles estadounidenses funcionaban a vapor, el 38 % eran eléctricos y solo el 22 % funcionaban con gasolina. Pero, ¿Por qué desaparecieron éstas otras tecnologías? A partir de 1910 comenzaron a perder terreno por varias razones: Se descubrieron grandes yacimientos de petróleo, abaratando la gasolina. Tanto los vehículos a vapor como los eléctricos era fabricados en forma casi artesanal y cuando Henry Ford introdujo la producción en cadena del Ford Model T, redujo drásticamente el precio. Pero además, la invención del “burro de arranque” (el motor de arranque eléctrico) eliminó el peligroso esfuerzo de arrancar los motores de gasolina con una manivela. La autonomía de los eléctricos seguía siendo limitada (entre 40 y 80 km en muchos modelos), y recargarlos llevaba horas. Como resultado, hacia la década de 1930 casi habían desaparecido del mercado.
