Una luz en la enfermería

En una época en la que cuidar enfermos era considerado poco apropiado para una mujer de buena familia, Florence Nightingale decidió seguir su vocación. Durante una guerra descubrió que muchos soldados no morían por sus heridas, sino por las enfermedades y las pésimas condiciones sanitarias. Con una lámpara en la mano y estadísticas bajo el brazo, consiguió transformar para siempre la enfermería y la atención hospitalaria.

A veces, las grandes transformaciones comienzan con una persona que simplemente decide no aceptar las cosas tal como están.

Eso ocurrió con Florence Nightingale, una mujer británica nacida en la primera mitad del siglo XIX, se atrevió a elegir un camino que su familia y la sociedad consideraban impropio de una mujer de su posición.

No buscaba fama. Quería cuidar a los enfermos. Pero terminó haciendo mucho más: ayudó a convertir la enfermería en una profesión y demostró que la limpieza, la organización y el conocimiento podían salvar vidas.

Florence nació el 12 de mayo de 1820 en Florencia, Italia, mientras sus padres realizaban un viaje por Europa. De allí provino su nombre. Pertenecía a una familia inglesa rica y recibió una educación poco común para una mujer de aquella época. Estudió idiomas, literatura, filosofía, historia y matemáticas.

Desde muy joven sintió que tenía una misión. A los 17 años escribió en su diario que había recibido una especie de llamado para dedicar su vida al servicio de los demás. Pero había un problema.

En la sociedad victoriana, una joven de una familia acomodada debía casarse y ocuparse de su hogar. La enfermería no tenía el prestigio que tiene actualmente. En muchos lugares, quienes realizaban ese trabajo carecían de formación y las condiciones de los hospitales eran muy deficientes. Su familia no comprendía su decisión.

A pesar de la oposición, Florence comenzó a estudiar y a conocer diferentes sistemas de atención a los enfermos. Aprendió que cuidar a una persona no consistía solamente en atender sus heridas: también había que preocuparse por el ambiente en el que se encontraba.

Su oportunidad de poner esas ideas en práctica llegó durante la Guerra de Crimea, un conflicto que comenzó en 1853 y enfrentó a Rusia con una alianza en la que participaban el Imperio otomano, Gran Bretaña, Francia y el Reino de Cerdeña. Gran Bretaña había enviado miles de soldados a combatir en Crimea. Pero muchos de ellos no morían en el campo de batalla. Las enfermedades y las infecciones causaban enormes pérdidas debido a las pésimas condiciones de los hospitales militares. La situación llegó a la prensa británica y provocó una fuerte preocupación en la opinión pública.

En 1854, Florence viajó a Turquía acompañada por un grupo de enfermeras británicas. Fue enviada al hospital militar de Scutari, cerca de Constantinopla, (la actual Estambul). Allí encontró un panorama desolador.

El hospital estaba abarrotado. Los soldados heridos compartían espacios en condiciones insalubres. Faltaban alimentos, agua limpia y elementos básicos. La suciedad era enorme y las enfermedades infecciosas se propagaban rápidamente. Florence comenzó a organizar.

Junto con su equipo, impulsó la limpieza de las instalaciones, mejoró la alimentación de los pacientes y estableció procedimientos más ordenados para su atención. También insistió en la importancia de la ventilación, el agua limpia y la higiene. Y fue entonces cuando apareció otro de sus grandes talentos: las estadísticas.

Nightingale comprendió que los números podían contar una historia que muchas personas no querían o no sabían ver. Registró las muertes y analizó sus causas. Los resultados mostraron algo impresionante: una gran cantidad de soldados moría por enfermedades y otros problemas relacionados con las malas condiciones sanitarias, y no directamente por las heridas sufridas en combate. Utilizó gráficos para presentar esos datos y conseguir que las autoridades comprendieran la magnitud del problema.

Durante aquellas noches en el hospital, Florence recorría las salas para comprobar personalmente cómo se encontraban los enfermos. Los soldados la veían pasar llevando una lámpara. La imagen quedó grabada en la memoria de quienes estaban allí. Comenzaron a llamarla “la dama de la lámpara”.

Y aquella lámpara en realidad representaba una nueva manera de entender la atención de los enfermos. Florence había demostrado que una enfermera necesitaba conocimientos, disciplina y preparación. También había demostrado que un hospital limpio, ventilado y organizado podía contribuir a salvar vidas.

Cuando regresó a Inglaterra, utilizó su experiencia y el reconocimiento que había adquirido para impulsar cambios en la formación de las enfermeras y en la organización de los hospitales.

En 1860 se creó, siguiendo sus ideas, la “Escuela de Formación de Enfermeras Nightingale” en el hospital St Thomas de Londres. Allí comenzó una nueva etapa para la formación profesional de las enfermeras y su influencia se extendió posteriormente mucho más allá de Gran Bretaña.

Florence Nightingale murió en Londres el 13 de agosto de 1910, a los 90 años.

Había vivido en un mundo muy diferente del nuestro, pero muchas de sus ideas siguen presentes hoy en el trabajo de cada enfermera. Por eso, su nacimiento, el 12 de mayo, es recordado cada año con el Día Internacional de la Enfermería.

Quizás por eso la historia de Florence Nightingale puede resumirse en aquella imagen que nació durante las noches de la Guerra de Crimea: una mujer caminando entre los enfermos con una lámpara encendida. Una pequeña luz en medio de la oscuridad. Y esa luz ayudó a cambiar para siempre la profesión de quienes dedican su vida a cuidar a los demás.