Mucho más que una poeta

Nació en un pequeño pueblo del Valle del Elqui, en Chile, en una familia humilde. Desde muy joven tuvo que abrirse camino con esfuerzo y encontró en la enseñanza una manera de ganarse la vida y de ayudar a los demás. Con el tiempo se convirtió en poeta, educadora y diplomática. Y en 1945, aquella muchacha que había comenzado como ayudante de maestra recibió el Premio Nobel de Literatura y se convirtió en la primera persona de América Latina en obtenerlo.

Su verdadero nombre era Lucila de María Godoy Alcayaga. Había nacido el 7 de abril de 1889 en Vicuña, una localidad del Valle del Elqui. Su padre era maestro y poeta, y su madre, modista. La familia tenía pocos recursos y Lucila debió formarse en buena medida por sus propios medios.

La influencia de su hermana materna, Emelina, que era maestra, fue decisiva para que eligiera la enseñanza. Hacia los 15 o 16 años comenzó a trabajar como ayudante en una escuela. Más adelante, en 1910, regularizó su condición de maestra mediante exámenes especiales. Aquella joven no sabía todavía hasta dónde la llevarían sus palabras.

Mientras enseñaba, Lucila también escribía. Sus primeros textos aparecieron en periódicos de la región y poco a poco comenzó a hacerse conocida en los círculos literarios.

En 1914 llegó un momento decisivo. Su primer amor se quitó la vida y ella plasmó su dolor e impotencia en los Sonetos de la muerte, que obtuvieron el primer premio de los Juegos Florales de Santiago. A partir de entonces comenzó a afirmarse el nombre de Gabriela Mistral.

Pero detrás de la poeta había una maestra profundamente comprometida con la educación. Durante años trabajó en distintas escuelas chilenas y conoció de cerca las dificultades de los niños de las zonas rurales. Para ella, educar no significaba solamente enseñar a leer y escribir. Sabía que la educación podía cambiar la vida de una persona.

Y esa convicción también la llevó a defender la educación de las mujeres. En una época en que todavía se consideraba que el principal destino femenino era el hogar, Gabriela Mistral escribió sobre la necesidad de que las mujeres pudieran estudiar y valerse por sí mismas. Sus ideas eran adelantadas para aquellos años y no siempre fueron bien recibidas.

Tampoco permaneció indiferente ante la pobreza, la situación de los pueblos originarios o el sufrimiento de los niños. Su poesía podía hablar de la ternura y de la infancia, pero también de la injusticia y del dolor. Por eso resulta injusto recordarla solamente como la autora de poemas infantiles que muchos aprendimos en la escuela.

En 1922 recibió una invitación que cambiaría su vida. Viajó a México para colaborar con la reforma educativa impulsada por José Vasconcelos. Allí participó en proyectos relacionados con la educación y las bibliotecas y comenzó una etapa de viajes que la llevaría por distintos países de América y Europa.

A partir de entonces su vida fue mucho más que literatura. Fue educadora, escritora, representante diplomática de Chile y una activa participante de la vida cultural internacional.

Vivió lejos de su país durante largos períodos. Sus viajes la llevaron a Estados Unidos, Europa y distintos lugares de América. Mientras tanto, continuó escribiendo. Su obra comenzó a alcanzar una dimensión internacional.

Y entonces llegó el día que parecía imposible cuando aquella muchacha de Vicuña apenas comenzaba a enseñar: El 10 de diciembre de 1945, en Estocolmo, el rey Gustavo V de Suecia entregó a Gabriela Mistral el Premio Nobel de Literatura.

La Academia Sueca reconocía así su poesía, inspirada por profundas emociones, y la convertía en la primera figura de las letras latinoamericanas en recibir el máximo reconocimiento literario.

Habían pasado más de treinta años desde aquellos primeros pasos como maestra. Paradójicamente, el reconocimiento internacional llegó antes que el reconocimiento oficial de su propio país, porque Gabriela Mistral recibió el Premio Nacional de Literatura de Chile recién en 1951, seis años después del Nobel. La propia Biblioteca Nacional de Chile señala que la relación de Mistral con las instituciones literarias y la crítica de su país fue, durante mucho tiempo, conflictiva.

Al parecer, en esas épocas, una mujer chilena tenía que conquistar primero al mundo para ser plenamente reconocida en su propia tierra.

Gabriela Mistral murió el 10 de enero de 1957 en Nueva York. Tenía 67 años. Pero su historia no terminó con su muerte. Sus libros siguieron viajando por el mundo. Sus poemas continuaron llegando a nuevas generaciones y su figura comenzó a ser mirada de otra manera. Ya no solamente como la maestra que escribía versos para niños, sino como una mujer de enorme dimensión intelectual, comprometida con la educación, la infancia y la dignidad humana.

Hoy, cuando volvemos a leerla, descubrimos que muchas de las preocupaciones que expresó hace más de un siglo siguen siendo actuales. Quizás allí esté la verdadera grandeza de Gabriela Mistral, no solamente en haber recibido un Premio Nobel, ni en haber alcanzado fama mundial, sino en haber demostrado que una niña nacida en una pequeña localidad, que tuvo pocas oportunidades para estudiar y que debió abrirse camino prácticamente sola, podía transformar sus dificultades en conocimiento, su conocimiento en palabras y sus palabras en una voz capaz de llegar al mundo entero.

Gabriela Mistral no nació con un destino asegurado. Se construyó su propio destino. Y quizás esa sea la parte de su historia que más merece ser recordada.