Era un tiempo feliz de mirlos y calandrias,
y de rosas sandías, vichando por mi ventana;
de lirios y gencianas, y de la tía Longina,
bordando bajo la parra.
Cuando tú llegabas del campo,
alto y rubio,
y rondabas mi calle,
en aquellas tardecitas azules
de aquel pueblito olvidado.
Entonces, la Chola lloraba por el «brasilero»,
y el gran amor de la gorda Teresa
se iba para siempre
a un país remoto,
más allá de los mares.
Y yo me reía del Canario,
que no creía que yo lo amara,
y siempre me decía:
– Vos no me querés.
Y yo lo amaba…
Y mil años después, lo sigo amando.
La vida es una novela.
Y llegaban mis primas del campo,
y yo, de Montevideo,
y todo eran risas y bailes.
Cantaba Roberto Muró,
como nadie La Cumparsita,
en el Club Uruguay y los amores
iban y venían entre el aroma
de los jazmines de la Nochebuena
y un jubiloso repicar de campanas.
Lola Petrone de Alonso
