“Los hombres sólo beben demasiado”. “No se lavan las manos”. “Son enfermizos por naturaleza”.
A principios del siglo XX la industria rugía. Las chimeneas eran el símbolo del progreso. Pero dentro de las fábricas los hombres caían muertos. Perdían los dientes. Se les paralizaban las muñecas. Se volvían locos. Los dueños se encogían de hombros. Culpaban a los trabajadores. Afirmaban que la “enfermedad industrial” no existía. Entonces apareció una mujer, la doctora Alice Hamilton, que cambiaría las cosas.
Médica, toxicóloga, bacterióloga, feminista, reformista social y defensora del bienestar social y humanitario, estadounidense.
Su carrera se centró en el estudio de enfermedades ocupacionales y especialmente en los efectos de los metales industriales y compuestos químicos a los que estaban expuestos los trabajadores de las industrias.
Alice, nació el 27 de febrero de 1869 en Fort Wayne, Indiana, Estados Unidos de América. Nieta de un exitoso hombre de negocios, propietario y especulador inmobiliario que fue responsable de construcción de buena parte de la ciudad. Tanto la familia directa de Alice como sus tíos y primos, gozaron de buena posición económica al haber heredado la fortuna del abuelo.
Los padres de Alice educaron a sus hijos en su casa desde muy temprana edad. Siguiendo la tradición familiar, la joven completó su educación en la Escuela de Jóvenes Señoritas Miss Porter, en Hamilton, Connecticut.
A pesar de su vida privilegiada, ella deseaba aportar algún tipo de servicio útil al mundo, y eligió medicina como manera de ganarse la vida. Ávida lectora, adjudica su decisión a la literatura: «quise ser un médico misionero en Teherán, habiendo sido fascinada por la descripción de Persia en la obra de O ‘Dónovan El Oasis de Merv”.
Estudió ciencias con un profesor de instituto en Fort Wayne y Anatomía en la Universidad de Medicina de dicha ciudad. Luego se matriculó en la escuela de medicina de la Universidad de Michigan en 1892. Luego de graduarse, trabajó en los hospitales para mujeres y niños de Minneapolis y en el de Boston, Massachusetts.
Desinteresada en las prácticas médicas regresó a la universidad para estudiar Bacteriología. También desarrolló interés en la salud pública. En 1895 viajó junto a su hermana mayor a Alemania. Planeaba estudiar bacteriología y patología en ese país. A pesar de ser bienvenida en Fráncfort, sus peticiones de estudiar en Berlín fueron rechazadas por ser mujer. Cuando regresó a Estados Unidos, continuó los estudios de postgrado durante un año en la Universidad Johns Hopkins.
En 1897 aceptó el puesto de profesora de patología en la Universidad del Noroeste. Luego se trasladó a Illinois y cumplió su ambición de prestar servicio social y se convirtió en miembro y residente de Hull House, asentamiento fundado por las reformistas sociales Jane Adams y Ellen Gates Starr.
A través de su trabajo en Hull House y la convivencia con los residentes pobres, Alice constató los efectos nocivos que los oficios de riesgo tenían en la salud de los trabajadores, especialmente a través de la exposición al monóxido de carbono y envenenamiento por plomo. Como resultado, aumentó su interés en la medicina laboral y en las enfermedades y daños ocupacionales. A través de su experiencia en el ámbito de la salud laboral, consideró unir sus intereses en la ciencia médica y la reforma social mediante la mejora de la salud de los trabajadores estadounidenses.
En 1902 obtuvo un puesto como bacterióloga en el Instituto para Enfermedades Contagiosas, continuando con los estudios en el Instituto Pasteur en París, e investigando sobre la epidemia de fiebre tifoidea en Chicago, antes de centrar su investigación en enfermedades industriales.
El estudio sobre las enfermedades relativas al trabajo venía creciendo a causa de la Revolución Industrial de finales del siglo XIX que había engendrado nuevos peligros en el entorno laboral.
Integró la Comisión de Enfermedades Ocupacionales de Illinois como revisora médica. Los esfuerzos de dicha comisión dieron como resultado las primeras leyes de compensación a trabajadores, además de leyes sobre enfermedades ocupacionales en otros estados. Dichas leyes obligaron a los empresarios a tomar precauciones de seguridad para proteger a sus trabajadores.
Durante la Primera Guerra Mundial, el Ejército de EEUU le encargó solucionar la dolencia misteriosa que afligía a los trabajadores de una planta de municiones. La doctora Hamilton dedujo que los trabajadores enfermaban a través del contacto con el explosivo Trinitrotolueno (TNT). Luego de sus recomendaciones solucionaron el problema.
También investigó sobre el envenenamiento por monóxido de carbono de los trabajadores del acero, el envenenamiento por mercurio de los sombrereros y una enfermedad que debilitaba las manos de los operarios hidráulicos, también investigó la enfermedad llamada dedos muertos entre los cortadores de caliza y la tuberculosis pulmonar entre los talladores de lápidas de la industria del granito.
En enero de 1919 aceptó un puesto como profesora ayudante en el Departamento de Medicina Industrial en la Escuela Médica de Harvard, siendo la primera mujer profesora en dicha Universidad. Sin embargo, desde ese momento hasta su jubilación, no recibió ningún ascenso. Alice Hamilton también sufrió discriminación por ser mujer.
Continuó siendo una activista en pro de la reforma social. Se interesó en las libertades civiles, el pacifismo, el control de la natalidad y la legislación laboral femenina, siendo tildada de radical y subversiva.
Falleció de un infarto el 22 de setiembre de 1970 a los 101 años de edad. Elizabeth Moreira
