La mujer que se atrevió a volar
Por Elizabeth Moreira
Nació en un pequeño pueblo de Kansas, Estados Unidos, el 24 de julio de 1897. Vivió la mayor parte de su infancia con sus abuelos maternos. Gracias a ellos pudo llevar una vida acomodada.
Era una niña de carácter inquieto y audaz. Según sus palabras “siempre estoy lista para una nueva aventura”. Le encantaba realizar actividades propias de los varones, como subirse a los árboles, deslizarse en trineo o disparar a las ratas con un rifle. Uno de sus pasatiempos favoritos era coleccionar recortes de prensa donde aparecía alguna mujer que sobresalía por realizar alguna actividad que tradicionalmente realizaban los hombres.
Al fallecer su abuela, Amelia regresó a vivir con sus padres. Luego de un tiempo la madre se fue con Amelia y su hermana a vivir primero a Chicago y luego a Nueva York. Allí Amelia cursó la Universidad de Columbia y realizó cursos de verano en la Universidad de Harvard. Fue ahí cuando estalló la Primera Guerra Mundial (1914) y ella se alistó como enfermera voluntaria, para lo cual hizo un cursillo acelerado en la Cruz Roja. La destinaron a un hospital de campaña en Toronto (Canadá) donde estaban los pilotos que habían sido heridos en combate. Estando allí visitó un campo del Cuerpo Aéreo Real. “Allí fue donde me picó el gusanillo de la aviación”, cuenta.
En una ocasión asistió a un espectáculo de vuelo acrobático en California. Quedó fascinada con las piruetas de los aviones. Se las arregló para realizar un vuelo de 10 minutos como pasajera. La experiencia marcó un antes y un después en su vida: “Tan pronto como despegamos supe que a partir de ese momento tendría que dedicarme a volar”.
Decidida como estaba consiguió que Neta Snook, otra piloto pionera que trabajaba como instructora de vuelo, le diera las primeras clases prácticas. En seguida quedó claro que Amelia tenía dotes especiales para la aviación.
Con ayuda de su hermana y de su madre, quienes aportaron una generosa cantidad de dinero, se compró un prototipo del aeroplano Kinner, al que bautizó con el nombre de El Canario. Sufrió algunos accidentes, algo común en aquella época ya que los motores eran poco fiables y los aparatos muy lentos. Pero ella decía que “volar era tan divertido que valía la pena pagar el precio”.
En 1923 la Federación Aeronáutica Internacional le concedió la licencia de piloto. En 1927 se unió a la Asociación Aeronáutica Nacional y se dedicó a invertir dinero para la construcción de una pista de aterrizaje en Boston. “Lo más difícil es tomar la decisión de actuar. Luego ya sólo es cuestión de ser tenaz. Los temores no son más que tigres de papel. Uno puede hacer cualquier cosa que se proponga. Puede actuar para cambiar y controlar su vida. El proceso será su propia recompensa”
Durante ese período también se dedicó a vender aviones Kinner y a promover la aviación, especialmente entre las mujeres, algo realmente audaz y rompedor de esquemas en la época. “La mujer capaz de crear su propio puesto de trabajo será la que consiga fama y dinero”.
En 1930 ayudó a crear una aerolínea entre Nueva York, Filadelfia y Washington, de la que fue vicepresidente de relaciones públicas.
Antepuso la aviación a su vida amorosa, negándose a casarse con George Putnam: “Querido G. P. debo reiterar mi renuncia a casarme, dado que siento que hacerlo me impediría seguir con la vida de aviadora que tanto significa para mí. En esta relación debo conservar algún lugar donde pueda ser yo misma de vez en cuando. Porque no puedo garantizar que soporte en lo absoluto el confinamiento en una jaula, aunque sea atractiva”. Él insistió y prometió que la apoyaría y la dejaría seguir llevando la vida que tanto le gustaba. Entonces aceptó. Contrajeron matrimonio en 1931, y formaron un equipo estupendo en el que ella se dedicaba a volar y a romper marcas, y él organizaba toda clase de actos para promocionarla y escribía sobre sus aventuras. Fue así que la apoyó incondicionalmente cuando ella decidió atravesar el Atlántico sola, siguiendo la línea del Ecuador, algo que nunca se había hecho y resultaba todo un reto. Amelia partió el 20 de mayo de 1932. Sólo llevaba consigo un termo con sopa y una lata de jugo de tomates. Como no tomaba café, olía sales para mantenerse despierta.
En esa travesía Amelia batió muchas marcas: Fue la primera mujer en cruzar el Atlántico sola. La primera en cruzarlo dos veces (ya que antes lo había hecho en compañía de dos hombres). La mujer que había realizado el vuelo más largo hasta la fecha, y la que cruzó el Atlántico en menos tiempo, tan sólo 13 horas y 50 minutos.
En 1935 atravesó el Océano Pacífico, desde Hawái a California. Diez hombres lo habían intentado antes y no lo habían logrado.
Luego de este viaje, empezó a planificar realizar un viaje alrededor del mundo. En una carta dirigida a su esposo escribió: “Por favor, quiero que sepas que soy consciente de los peligros. Lo hago porque lo deseo. Las mujeres deben intentar hacer cosas al igual que lo han hecho los hombres. Y si fallan, su fracaso no debe ser sino un reto para otras”.
Finalmente salieron, junto al piloto Fred Noonan, desde Miami el 1 de junio de 1937.
Amelia Earhart desapareció oficialmente en el Océano Pacífico, a una distancia de entre 56 y 160 kms. de la Isla de Howland el 2 de julio de 1937. El presidente Roosevelt autorizó la búsqueda de la nave con 9 barcos y 66 aviones, en una operación conjunta que costó varios millones de dólares. El 18 de julio se abandonaron las tareas de búsqueda sin que se hubiera encontrado ni un indicio del paradero del avión de Amelia.
En 1983 se construyó en la isla Howland un faro en honor a Amelia Earhart, una mujer visionaria y adelantada a su tiempo que supo vivir intensamente su pasión por la aviación. Ejemplo de perseverancia y determinación.
