El Mejor Regalo
Por Germán Suárez
Yo tendría unos 5 o 6 años de edad. No sé de qué hablarían los mayores, pero recuerdo haberle preguntado a mi abuelo adonde había nacido: “Lejos, lejos, en un pueblo llamado Tambores” –me dijo-. Como mi abuelo era muy bromista, pensé que me tomaba el pelo. ¡Cómo va a haber un pueblo que se llame Tambores, pensé!
Yo tenía entre mis juguetes un tambor blanco de plástico con adhesivos triangulares de colores pegados alrededor, al que batía con unas baquetas verdes en un ritmo atronador y desordenado. Está jugando, pensé.
Muchos años después vine a Tacuarembó, y al conocer Villa Tambores, recordé aquella anécdota y pensé en lo pequeño que sería aquel pueblo a fines del siglo XIX cuando nació mi abuelo Justo. La vida lo llevó lejos, se enamoró, fue padre de una hija (mi madre) que años después lo haría abuelo.
De aquella época, también recuerdo que cuando quería darme un beso de buenos días sin afeitarse, yo me quejaba porque me pinchaba su dura barba blanca. Él desaparecía presuroso para afeitarse y volvía al rato – lampiño y sonriente – a darme el beso, con un fresco aroma a crema de afeitar que hasta ahora recuerdo.
Muchos años después –ya octogenario- enfermó gravemente y mi madre me avisó para que volviera y me despidiera. Demoré varios días en recibir la carta y volver desde Tacuarembó. Cuando por fin llegué a su lecho, hacía varios días que no hablaba. Yo fui directo adonde estaba internado, y sus ojos me decían todo lo que su boca no podía.
Esta vez fui yo quien lo besó. Lo acompañé un rato y le dije que lo quería mucho y más tarde volvería, porque quería bañarme y cambiarme después de una incómoda noche en tren.
Al rato, cuando llegué a casa de mi madre, acababan de avisar por teléfono que había fallecido. Estoy seguro que antes de irse me esperó. Mi abuela hacía un par de años que ya no estaba, de seguro estaba cansado y se quería ir. Pero me esperó para despedirse, por un último mimo. Mi abuelo del alma, dulce y manso, como vivió se fue.
Todos los días son buenos para verlos, pero el 19 será un día especial. Tal vez nunca te lo dijeron, porque la gente de antes no hablaba de sus sentimientos, pero seguramente te quieren mucho y esperan que los recuerdes. Andá a verlos, o si estás lejos, llamalos.
Hay veces en que el mejor regalo es simplemente un “te quiero”.
