Me encanta
el tiempo que paso sola. Leo, escucho música, bailo, pinto y a veces lloro. No
porque esté triste sino para limpiar el alma. Simplemente traigo a mi mente el
recuerdo de algo doloroso por lo cual no me permití llorar en su momento. Y lo
veo desde este lugar, desde mi madurez, sin juzgar y sin juzgarme. Poniéndome
en el lugar del otro, del que hirió o herí. Y las lágrimas llegan solas. Y
no las reprimo, las dejo caer, en un llanto sereno y a veces desgarrador. Son
más o menos cinco minutos. Luego lavo mi rostro, me miro al espejo, me sonrío y
me digo interiormente: «Me perdono. Me perdono por no haberme dado permiso
para expresar lo que sentía. Me perdono. Por haber sido cruel con otra persona.
Me perdono por haber sido más cruel conmigo porque además del daño
que sufrí le sumé la obligación de mostrarme fuerte, invulnerable y
tragarme las lágrimas. Hoy sé que fue por orgullo. Me sonrío y pienso que tonta
fui. Y me vuelvo a perdonar. Y respiro hondo, y los pulmones se llenan de aire,
y se siente liviano, y la espalda deja de doler.
Si. Me gusta mucho ese tiempo que elijo para estar conmigo. Me he convertido en
una gran amiga para mí. De esas que escuchan sin juzgar, que te empujan hacia
adelante sin atropellar, respetando tus tiempos, que aviva tu curiosidad
y que ríe bailando con su sombra en la pared.
Elizabeth Moreira
