CelesteCeleste

“De niño nunca podía estar quieto”

Durante el acto de asunción de mando del intendente Wilson Ezquerra, se mencionó que su madre estaba presente. Después de firmar el acta y terminar el acto protocolar, Wilson bajó del estrado a entregarle un ramo de flores y confundirse en un apretado abrazo con ella que –se notaba- no cabía en sí de orgullo. Y ahí nos preguntamos: ¿Cómo sería éste exitoso político y empresario cuando era un niño? ¿Cómo empezó el camino por el que llegó a ser quién es? Y quien mejor para responderlo que ella: Celeste Martinotti de Ezquerra.

Felíz, siempre con una sonrisa y la mirada limpia, luminosa; acompañada por una de sus hijas – Lourdes – como ayuda memoria (aunque sorprende con su lucidez), nos recibió en el living de su casa, sentada junto a ese ramo, la víspera de cumplir 90 años.

¿Qué recuerda del Tacuarembó de su Juventud?

“¡Ah, era muy diferente! Tacuarembó era todo calles de tierra. Éramos 8 hermanos, antes las familias eran grandes… Me casé a los 24, vivía a media cuadra de la Plaza de la Cruz por 25 de mayo. Luego de casarnos fuimos a vivir a Curtina, ahí vivimos un año. Allí Ernesto (su esposo) trabajaba con el auto de alquiler, un Fordcito que era como un taxi, y de noche trabajaba en la cantina. Era muy trabajador – se ríe -“.

Y luego deciden volver…

“Sí, mi padre decía que nos viniéramos, que pusiéramos un comercio, y encontramos un local en Solís y Abdo, cerquita del estadio. Era un almacén que un señor tenía y dejó de trabajar, y ahí le compramos algo que tenía allí adentro y empezamos”.

¿Y ahí ya vendían ropa?

“Empezó porque venían los esquiladores que salían en los camiones con la maquina a esquilar. Y nosotros sabíamos que venían al almacén a tomar cerveza y nos preparábamos. Y entre ellos había un señor que tomaba y no pagaba, tomaba y no pagaba, hasta que un día mi marido le dice: Si no me pagás yo me voy a quedar con tu saco, y si no lo venís a buscar tal día yo lo voy a colgar ahí en la ventana y lo voy a rematar. Y lo colgó. Un día llegó un viajero de comercio que venía de Salto con otro muchacho que lo acompañaba, y fueron a recorrer el estadio para conocerlo, vieron el saco colgado en la ventana y pensaron que era una tiendita. Después dijeron que después que entraron les dio vergüenza no ofrecernos nada. Y ahí empezó. Les compramos unos pañuelos, calcetines y cosas así, y ahí empezamos con el negocio, pero era muy chiquito. Después nos mudamos para Solís y la avenida Oliver, en la esquina”.

¿Ahí nacieron los gurises?

“No. Walter nació allá, frente al estadio. Ahí nacieron los otros dos varones. Las nenas fueron más finas –se ríe- nacieron en el centro”.

Lourdes me cuenta que entre Shubert –el menor- y ellas pasaron 8 años. “Pero yo no me quería quedar con los 3, yo quería la nena; ¡Y me vinieron 3 nenas, y ahí me desquité!, se despacha Celeste a las risas.

¿Y a usted le gustaba la política?

Si. Lo acompañé siempre, siempre me gustó mucho. A mi madre también le gustaba mucho, a papá no tanto, pero era blanco también. Mi padre tenía comercio en Batoví y hacían reuniones políticas. Me acuerdo de un día que pasaba Herrera, ya viejito (Luis Alberto de Herrera) y mamá nos mandó a la carretera a mí y a otra hermana a esperarlo para llevarle un ramo de flores blancas”.

Ahora pienso que cuando usted era niña ni la radio Zorrilla existía…

“No, me acuerdo que cuando yo era chiquilina grande, vivíamos en campaña, en Batoví, y mis abuelos compraron una radio. ¡Ah, y nosotros íbamos a la casa a escuchar, porque era la tal novedad!

Cuénteme cómo era Wilson de niño; ¿Era estudioso, travieso?

“Era travieso al máximo, mañero también, si lo ponía en el corral mientras trabajaba gritaba y gritaba que al final venía la vecina que vivía pegado y se lo llevaba. Era inquieto, andariego, no lo paraba nadie, muy desenvuelto y siempre andaba con otros niños jugando en la vuelta, en las canaletas, en el barro… Después cuando quedó más grande nunca podía estar quieto, hacía una cosa e inventaba de hacer otra… Muy madrugador, siempre se levantó temprano desde chiquito. Y se iba a la casa de al lado y desayunaba con ellos, y un día le dije a la vecina: “Pero vecina, usted sabe que no quiere desayuno”, y ella me dice: “¡No, si él come con nosotros todas las mañanas!” (risas). Se escapaba todas las mañanas. Siempre fue trabajador, no podía estar sin hacer nada: pintaba llaveritos, mates, y así empezó. Traía flores para vender el 2 de noviembre (piensa)… Un día –tendría como 14 años- le dijo a Ernesto que le diera cosas para vender que iba a salir a vender en los barrios. Fue por la época que empezó con el comité con su padre, y él (Wilson) siempre cuenta que yo le decía que viniera a estudiar, que la política no le iba a dar nada –se ríe-. Después que terminó la UTU quiso irse a seguir estudiando en Montevideo. Extrañaba mucho, pero iba, siempre trabajando y estudiando. Y cuando se iba, caminaba un poquito y se daba vuelta y miraba para atrás; ¡Y a mí me daba una lástima, y yo lloraba! Porque en aquellos años se iban y demoraban en volver, de repente un mes, dos meses, no era como ahora que todo es más fácil. Pero él siempre buscó de hacer algo para progresar, siempre fue muy inquieto”.

¿Y cómo empezó con la tienda?

La ayuda Lourdes: El comercio allá empezó en el 55, para acá se mudaron en el 66 más o menos. “Primero me vine yo para acá, porque Ernesto tenía comercio por mayor en la avenida y yo atendía en el mostrador, el almacén. Y acá había una ferretería y venta de pinturas de Moroy; y querían cerrar y le ofrecían a él. De repente iban allá a la avenida y le decían que iban a vender y de repente le decían que iban a alquilar, así como seis meses. Allá teníamos muy poquita cosa, pero ya teníamos algo de tienda, de Hildu y Campomar por ejemplo, nos vendían allá. Pero teníamos muy poquito lugar para tener, y no encontrábamos a nadie de confianza como para ponerlo acá en el centro. Y un día yo le dije: Alquilá que yo me voy para allá. Ya tenía los 3 varones y los mandaba al (Colegio) Jesus Sacramentado, y a mediodía iba para allá, después abría de tarde y de noche me volvía para allá, hasta que mi esposo se vino para acá. Y después con el tiempo compramos la propiedad. ¡30 años trabajé en la tienda!