Mal asunto la rutinaMal asunto la rutina

Todo estaba cuidadosamente planeado: Anzalás saldría -como cada mediodía- del bar frotándose la incipiente panza luego de almorzar, mondadientes en la boca a la manera de un pucho, el pelo al viento blanqueando y despeinado, la camisa desteñida por fuera del pantalón y a medio prender, y cruzaría la calle rumbo a su casa.

Ese sería el momento para echar a andar el auto y arrollarlo. No era una forma muy original de asesinato pero sin dudas sería efectiva. Además, el Jefe había dado la orden de “sacarlo del medio”, y no cabía duda de que ésta sería una forma muy gráfica de hacerlo.

Claro que Bustelo no era en realidad un asesino a sueldo, de hecho, jamás había matado a nadie a sangre fría y las dos muertes que archivaba en su conciencia las causó por una cuestión más bien pasional. Pero esto era otra cosa. Se trataba sencillamente de los tres mil dólares en que el Jefe había tasado la vida de Anzalás. Y cuando uno pierde determinados valores en la vida, poco importa la forma en que se gana el dinero.

Lo que le parecía más ingenioso de su plan era la excusa para no parar cuando lo tuviese adelante: simplemente había descompuesto los frenos del auto, cortando las mangueras para que el líquido no llegase a las ruedas. Lo había hecho la noche anterior, valiéndose de la oscuridad y de una navaja. Y ahora, al subirse al viejo FORD de 8 cilindros había fingido no ver debajo los charcos del líquido de frenos que a él se le antojaban presagios de otro charco que quedaría bajo otro viejo, cuando en su loca carrera apretase fingiendo desesperación el pedal de freno sin que la maquina aceptara detenerse.

Definitivamente, matar así no era como lo había sido la vez anterior. Aquello había sido en un arrebato. El tenía como “pupila” a una pardita de “sí” fácil, que de tanto gusto que ponía en su trabajo había que andar controlándola para que no se olvidase de pasar la cuenta. Ya le había pescado un par de olvidos y le había puesto pena a cachetadas de que continuase con la mala memoria, pero cuando la encontró por tercera vez con el mismo y sin plata en los bolsillos, perdió la noción de lo que estaba haciendo, y cuando la recuperó la cosa no tenía remedio.

Lo malo no era que hubiese segado dos vidas, sino que no lo lamentara. Por eso, ahora pensaba en aquello de que “cuando se pierden los valores”… y aunque se daba cuenta de la pérdida no hacía nada por recuperarla. Tal vez los años de cárcel tuviesen la culpa, aunque en realidad toda su vida la había vivido entre marginales. Había crecido en un cantegril en el Cerro. Según su madre, el padre los había abandonado cuando su hermana más chica cumplió dos años, pero como él era tres años menor que ella la cuenta no le daba. De chico, no sabía cómo aquel hombre podía ser su padre si se había ido años antes que él naciera.

La cosa es que luego su madre les había dado un padrastro del cual los únicos actos cariñosos que recordaba eran para Llanero, el perro preferido del hombre.

Desde dentro del auto la vista era inmejorable. La calle era ancha y a ésta hora con los comercios cerrados era poco transitada. El calor húmedo presagiaba tormenta aunque eso a Bustelo no le importaba mucho, probablemente esa tarde la pasaría bajo techo en la cárcel, mientras se aclaraba lo de los frenos y lo dejaban ir para cobrar sus tres mil. Prendió el tercer cigarrillo desde que había subido al auto sin dejar de mirar la puerta del bar. Cada pocos minutos alguien entraba o salía: un canillita que aún no había colocado todas sus noticias, un quinielero, algún habitué que había ido a tomar el aperitivo… De todas formas él no se alteraba demasiado: sabía que Anzalás no saldría más allá de la una y media, y que cruzaría indefectiblemente la calle, siguiendo esa terca rutina de los que se han pasado la vida haciendo lo mismo.

Mal asunto esto de la rutina. Si hubiese sido un poco más aventurero habría aceptado malvender su casa a cambio de la deuda que tenía con el Jefe. Al fin y al cabo nadie lo había obligado a timbear tanto. Y todos saben que las deudas de juego son sagradas. Conviene más pagar para eliminar el deudor que dejar que los clientes sepan que si uno no paga no pasa nada. Bustelo sonrió pensando: “Así que Anzalás va a morir por rutinario”. No era que el hombre tuviese esa fiebre de apostar que uno ve en las películas. Había seguido haciéndolo pese a la mala racha porque estaba acostumbrado a ir a jugar todas las noches y si no iba extrañaba.

Bustelo había almorzado temprano, previendo que tras el accidente andaría en vueltas con la policía, y como debía aparentar estar nervioso no podría pedir comida. Ahora hacía la digestión fumando. Y esperando.

Por fin se abrió nuevamente la puerta del bar, y ésta vez la que salió fue la cara bronceada de Anzalás, mondadientes en la boca -a la manera de un pucho-frotándose el vientre sobre la camisa a medio prender, el pelo canoso y despeinado al viento. Se detuvo un momento bajo el toldo y arrancó rumbo a su casa.

Bustelo encendió el auto, apretó el embrague y tranquilamente metió un cambio, dos, tres y los ocho cilindros lo impulsaron a toda carrera. Anzalás ya iba cruzando -cronométricamente- rumbo a su casa como cada tarde desde hacía años. No escuchó el ruido del coche que se acercaba. El médico le había dicho que esa sordera del oído izquierdo se solucionaba con un aparato que además no era muy caro. Pero él ya se había acostumbrado a ella. Cuando le hablaban de ese lado, simplemente giraba la cabeza para oír con el derecho.

Tan acostumbrado estaba que le parecía la cosa más natural del mundo. Por eso no escuchó el motor que roncaba buscándolo, ni el grito del lustrador que quiso avisarle, y mucho menos el golpe seco de su cuerpo contra el metal despintado. Mal asunto la rutina.

Carlos Godoy