Dorados e infinitos, se extienden los campos.

De un chajá se escucha, un lejano grito.

En la tapera, hay duraznos y floripones blancos,

y diciembre, huele a sol y a flores de eucaliptos.

Con. el Clavelito, al trote, regreso a. «las casas».

Ladrando, nos siguen, el Poquito y el Campero.

El sol, es una enorme e incandescente brasa.

A nuestro paso vuelan, gritando, los teruteros.

Un viento caliente, arranca las flechillas,

y hasta el suelo, inclina los caraguatás.

El calor, es una niebla, sobre las cuchillas.

¡Ah! cómo ansío el agua fresquita del manantial.

Tarareando una zamba, miro allá a lo lejos,

el pago donde vive, el hombre que yo amé.

Tal vez un día ¿Quién sabe?, volvamos a encontrarnos,

pero el camino que lleva hasta su casa, nunca lo andaré.

Tía Nemecia, trajina en la cocina,

entre sartenes, ollas y peroles,

prepara tortillas, puchero, caldo con fariña,

y una ensalada de frutas, de todos los colores.

Cuando «chilla», la caldera, cebamos el amargo,

sentados en banquitos, debajo del parral,

y allí nos quedamos, hablando del pasado,

hasta que la primera estrella, nos viene a visitar.

Luego, de nochecita, traemos las lecheras.

Tristemente balan, vacas y terneros.

En el tajamar se reflejan, temblando las estrellas

y de los cerros bajan, los grillos musiqueros.