Casi por regla general cada barrio tiene un alcohólico (dicho en uruguayo: un borracho), y un enfermo mental (un loco). Y lógicamente mi barrio los tiene. Son esas personas que mantenemos a distancia pero sin embargo les vamos tomando cariño. Y forman parte del paisaje y de la cotidianidad del lugar.
Les cuento cómo fue que conocimos con mi esposo a Martincito. Nos mudamos al nuevo barrio hace ya varios años, a comienzos de la primavera. En medio del patio la casa tenía un naranjo antiguo, enorme, cargado de naranjas maduras. Y pegado estaba la cochera, un lugar abierto pero techado, donde guardamos la leña y la camioneta.
Una noche, a pocos días de habernos mudado me levanté a eso de las tres de la madrugada para ir al baño. Y por la ventana me llegó el murmullo de voces. Parecía dos o tres personas conversando bajito. Desperté a mi esposo para decirle que había gente en el fondo. Él encendió las luces de afuera y recorrió todas las ventanas, pero no vio a nadie. Sin embargo, seguíamos escuchando voces.
Ante tal situación llamamos al 911 y en dos minutos los policías estaban en casa. Encontraron a un muchacho subido al techo de la cochera comiendo naranjas, que hablaba y se contestaba a sí mismo en una animada charla.
Con él agarrado del brazo se dirigieron a nosotros: -«Es Martincito, el loquito del barrio. Es inofensivo. Estaba comiendo naranjas. Si quieren van mañana a la comisaría y ponen la denuncia.»-
No era necesario. Este tipo de seres son felices si los dejan vivir libres en su propio mundo.
A veces hace pequeños trabajos para los vecinos y ellos le pagan con dinero o con ropa y comida. Pero la mayor parte del tiempo pasa sentado en la vereda de nuestra casa, hablando solo. Le gusta más que la casa que heredó de sus padres.
A veces me asusto cuando veo su redonda y simpática cara contra el vidrio de la ventana de la cocina. No pide nada, pero su mirada insistente hacia el frutero que tengo sobre la mesa me indica qué es lo que quiere. Y se va contento con las manos llenas de frutas.
Cuando me preguntan como es mi barrio, contesto que es el mejor para vivir. Porque los vecinos no andan cargando pancartas ni hablando sobre derechos humanos. No. A los vecinos se los ve en silencio y sin hacerse notar, RESPETANDO LOS DERECHOS del más vulnerable de los humanos del barrio. Y eso lo convierte en un buen lugar para vivir. Elizabeth Moreira
