Hay cosas que forman parte de nuestra vida diaria, que siempre estuvieron ahí, y que ni siquiera se nos pasa por la cabeza preguntarnos cuándo o quién las inventó, o el porqué de su nombre. Una de ellas: La Birome. El invento se lo debemos a un periodista húngaro: Ladislao Biro, que en el primer cuarto del siglo pasado escribía como todo el mundo con plumas fuente, que habían sido diseñadas para diestros (y él era zurdo), por lo que muchas veces en medio de una entrevista se le trancaban o borroneaban lo que escribía.
Observando cómo la revista donde trabajaba se imprimía, pensó que ese rodillo, que era capaz de imprimir tinta sin manchar, debía reducirse para uso manual, aunque no sabía cómo. Hasta que un día, observando a unos niños jugar en la calle con bolitas, vio que, al atravesar un charco de agua, éstas salían trazando una línea de agua en el piso seco, y se dio cuenta de que debía reemplazar el uso de la pluma fija metálica por una bolita ubicada en la punta de un tubo, relleno con una tinta especial que fluyera por la fuerza de gravedad y se secara instantáneamente en el papel.
Al tiempo, Ladislao, junto a su hermano Gyorgy – que era químico – obtuvo esa tinta y patentó un prototipo en Hungría y en Francia, en 1938, pero no llegó a comercializarlo, ya que el ascenso del nazismo al poder en Alemania y el estallido de la Segunda Guerra Mundial complicó la normalidad de su vida. Hasta que un encuentro casual con el expresidente de Argentina, Agustín Pedro Justo, resolvió sus problemas. El político argentino no solo animó a Biro a desarrollar su invento en Argentina, sino que además consiguió los visados para que tanto él como su hermano, y su amigo Juan Jorge Meyne pudieran abandonar aquella Europa que estaba empezando a consumirse por la guerra y se afincasen en Buenos Aires.
En realidad, Biro, además de periodista era un inventor que llegó a patentar 32 inventos, entre los que destacamos una máquina de lavar ropa, un perfumero (cuyo sistema es la base de los envases de desodorantes Roll On que hoy conocemos, y hasta una caja de cambios automática para automóviles, cuya patente compró la General Motors, no para producirla sino para que no la adquiriese la competencia. Pero sin dudas su invento más importante es el bolígrafo.
Ya instalados en Buenos Aires, y gracias a la financiación de Agustín Pedro Justo, los hermanos Biro y Meyne crearon en un garaje una empresa con cuarenta operarios. Así nacería en 1943 la empresa Birome (acrónimo formado por la unión de los apellidos de los socios) y la nueva empresa lanzó al mercado su invento a un precio muy bajo obteniendo un rápido éxito. El resto, es historia.
