En la orillita del río,
te dí mi cuerpo y mi alma.
Mi sangre, mojó la arena,
de la playa solitaria.
La luna que iba subiendo,
por un cielo azul marino,
a nuestros cuerpos desnudos,
los cubrió de plata fina.
Yo te quise y tú me quisiste,
aquella noche embrujada.
Nos envidiaron, las estrellas,
que bajaron, hasta el agua.
El ramaje de los ceibos,
fue nuestro dosel, nupcial.
Los grillos, entre los pastos,
no cesaban de cantar.
Los pájaros, nos despertaron,
cantando, al amanecer.
Eran suaves tus caricias.
Tus besos, dulces, como la miel.
Bebí esa noche, en tu boca,
vino de amor y pecado.
Nunca más, el vino, de otra boca,
como entonces, me ha embriagado.
Lola Petrone de Alonso
