Comenzaba el siglo XX, y en aquel Montevideo del 900 nacían nuevos equipos de futbol, inspirados por “aquellos ingleses locos” que habían venido a construir el ferrocarril, y en los descansos corrian tras una pesada pelota de cuero.

La pelota era muy distinta a la que hoy conocemos: La formaban varios gajos de grueso cuero cosidos entre sí, que no la dejaban perfectamente redonda. En el interior había una cámara de caucho que se inflaba mediante una boquilla o “piripicho” por la que se soplaba a puro pulmón para inflarla, tras lo cual esa boquilla se ataba con un cordón, se introducía dentro de la pelota y luego se cerraba ésta con una especie de costura con un tiento también de cuero. Era tan dura y pesada, que los jugadores de la época solían usar una banda de tela en la frente, para protegerse al cabecearla.

Los asistentes a éstos partidos de fútbol los veian en silencio, casi como quien va al teatro, y se limitaban a aplaudir cuando convertían un gol. La nota distinta la ponía un corpulento talabartero, que ayudaba como utilero en el club de sus amores: El Nacional. Su nombre era Prudencio Reyes, y se encargaba de inflar (hinchar, en el lunfardo de la época) las pelotas en lo que hoy es el estadio del club: el Gran Parque Central. A diferencia de los otros espectadores, Prudencio se ubicaba en una esquina de la cancha (donde hoy están las tribunas Abdón Porte y Delgado), y desde allí gritaba y saltaba alentando a los jugadores de su equipo durante todo el partido. Con el tiempo, se fueron perdiendo inhibiciones y la costumbre se fue extendiendo, por lo que el Club Nacional de Football afirma que aquel fue el primer hincha. ¿Por qué? Porque cuando alguien preguntaba quién era aquel tipo barullento que agitaba en una esquina de la cancha, la respuesta, naturalmente, era: ¡El hincha pelotas de Nacional!