Llevo varios días leyendo un libro muy interesante. No importa su nombre porque lo que es interesante para mí puede que no lo sea para ti. Lo agarro a veces, y leo de corrido, o vuelvo varias veces al mismo párrafo. Lo dejo de leer en cualquier momento. Y esto de dejarlo cuando quiero me hace meditar en cuanto he cambiado, en cuanta paz he adquirido, en cuanta serena felicidad disfruto. Antes no podía dejar de leer hasta que terminaba un capítulo y ni soñar dejar de leer en medio de una oración. Y así era con todo y con todos. Hasta que no terminaba el rol que yo misma me había impuesto, o lo que es peor, impuesto por los demás, no dejaba la tarea. Y esto implicaba estudios, trabajos, relaciones, y una larga lista de etcéteras. Mil cosas que hacía sin querer hacerlas, mil cosas soportadas por no decir «basta» antes de que el capítulo se cerrara. Mil palabras que callaba porque «no iban bien con la trama de la obra representada».

Pero todo eso cambió y ya no me sucede más. Soy absolutamente libre. Claro que para quien me ve estoy como siempre, con la misma apariencia, con los mismos amores, con la misma sonrisa. El cambio ES INTERNO, íntimo, privado, solitario, por momentos doloroso, por momentos llenos de poder, por momentos mágico.

Esto no sucede de un día para otro, pero sí sucede de un día para otro el momento en que tomas la decisión de que no quieres seguir como hasta ahora. ¡Ya no soportas ni un minuto más de angustia! Así. Sin más. Tomas las riendas de tu vida y das un giro al volante. O cambias de dirección o frenas en seco. Pero lo que es seguro es que NO SIGUES COMO HASTA AHORA.

Este es el preciso momento en que la sabiduría hindú pronuncia la frase: «Cuando el alumno está listo, aparece el maestro». ¡Oh sí señores! Tal cual.

Y lo primero que «descubres» es que ese «maestro» no necesariamente es un sacerdote, o sacerdotisa, o gurú, ni siquiera un pequeño sabio. No. Se presenta como la más ordinaria de las personas. Y dice exactamente lo que estás necesitando oír sin siquiera saber que te está cambiando la vida y mucho menos proponérselo. Y a partir de ahí suceden una serie interminable de «coincidencias» entre lo que te ocurre, entre lo que ves y escuchas y entre lo que piensas, que te van desatando los nudos invisibles que te impedían ser quien realmente eres. Y cuantas más cadenas rompes, más te empoderas y más te liberas:  de todos los «no podés», «no debés», «queda feo», «eso no se hace», «esto es lo que los demás esperan que hagas». Y la lista es interminable. Y tú sabes que es así.

Luego de la noche oscura (ojo que no dura 10 o 12 horas como la noche real sino años), donde descubres tus propias mentiras, que de tanto repetirlas te las creíste, se empieza a ver la luz. Y así, sin darte cuenta logras ver lo real, en ti y en lo que te rodea. Y actúas como quieres. Y quieres como piensas. Y piensas sin enjuiciarte y sin enjuiciar. ERES LIBRE.

Y puedes dejar de leer en medio de una oración o lejos de terminar el capítulo. Porque ahora sabes que está bien, que el mundo no se terminará por eso, que las cosas seguirán su curso y que no es tu deber salvar a nadie más que a ti mismo. Y si tú eres feliz y estás en paz, todo tu entorno cambia y por ahí terminas salvando a otros. Así. Sin querer. Sin proponértelo. Soltando el libro sin terminar de leer el capítulo. Y poniéndote a escribir si te da la gana. Soltando al viento tus palabras y que lleguen a los oídos de quien está en el preciso momento en que necesita escucharlas.

Elizabeth Moreira.