Según mi opinión, se están mezclando cosas que lo que hacen es confundir y distraer. Tenemos que pasar por un cernidor muy fino toda la información que estamos recibiendo. Hay que tener claro que estamos viviendo en un planeta donde todos estamos relacionados con todos. Y todo se relaciona con todo. Que es tiempo de cuidar la salud en todas sus facetas: física, mental y psíquica, como una unidad. Porque una persona es todo eso. Y si tratamos solamente una de las tres, estamos descuidando las otras dos.
Y es ahí donde hay que estar muy alertas. Porque los doctores en medicina nos aconsejan comer bien, no usar drogas (lícitas e ilícitas), hacer ejercicio y descansar. Y eso está muy bien.
Pero también tenemos que ejercitar la mente con la lectura, aprendiendo cosas nuevas, realizando actos cotidianos con la mano no diestra, hacer crucigramas, sudokus y otros tipos de juegos que pongan a prueba nuestras capacidades de razonamiento. Aprender a discernir si lo que pensamos nos hace bien o si entramos en un espiral descendente de negatividades que nos hunden en depresiones.
Y ahí viene la parte en que debemos cuidar nuestra psiquis. Que es el conjunto de actos y funciones, conscientes e inconscientes que realiza nuestra mente; y que están muy relacionados con nuestros sentimientos… Que también tenemos que ocuparnos de ellos en forma inteligente.
¿Por qué digo en forma inteligente? Porque por lo general damos rienda suelta a los sentimientos que nos dan placer y alegría, y reprimimos los desagradables. Esto produce más mal que bien. Porque un desenfreno en las expresiones de emociones placenteras hace que nuestro cerebro produzca hormonas de felicidad en mayor proporción. Nos acostumbramos a ellas y se convierten en una adicción. Entonces cada vez buscamos más momentos de euforia. Cosa que no es posible todo el tiempo. Porque hay otras situaciones en la vida que no son tan placenteras. Pero que son parte de la vida y hay que vivirlas. Y no nos gustan, y queremos reprimir lo que sentimos, comenzando una lucha con nosotros mismos que deriva en un enfrentamiento con el mundo, cuando lo más sano es mirar de frente eso desagradable; ver qué lo provoca. Si es un problema, le buscamos solución. Si no la tiene, hacemos el duelo el tiempo justo y necesario y luego volvemos nuestra atención a otra cosa. No nos quedamos eternizados repitiendo una y otra vez en nuestra mente eso que pasó y que no tiene solución. Porque una cosa es el dolor natural del momento, que es involuntario, y otra cosa muy distinta es el sufrimiento, que sí es voluntario. Somos nosotros quienes elegimos quedarnos ahí, repitiendo en nuestra mente una y mil veces eso desagradable que pasó.
Hay que respetar los tiempos que lleva cada proceso. Dar tiempo a que los medicamentos hagan efecto. Dar tiempo a que los ejercicios desentumezcan las articulaciones, huesos y músculos. Dar tiempo al cerebro a que haga los procesos cognitivos antes de decidir «no entender» y cerrarse a un nuevo conocimiento. Dar tiempo para sanar las heridas emocionales. Dar tiempo a que florezca una nueva relación, ya sea de amistad, amorosa o de nuevos vínculos. Darnos tiempo para analizar la información con la que somos bombardeados constantemente. Ver de dónde viene. Cómo es la vida de quien lo dice. ¿Es confiable, o solo es un chanta con el afán de sacar provecho personal? ¿Con qué fundamenta esa información?
Y al hacernos estas preguntas, apartar lo más posible nuestra subjetividad. No se logra ser 100% objetivo, pero podemos hacer el esfuerzo.
En resumen, no sigan la tendencia de «todo ya». No se distraigan con el ruido que hace el mundo. Confíen más en sus procesos. No lo comparen con los procesos de los demás. Cada quien tiene sus propios tiempos. No existen «curas mágicas». Aún la magia tiene su tiempo y su proceso. Date tiempo. Y dale tiempo a esas personas que llegan a nuestra vida para ser un bálsamo donde aliviar las heridas. Date tiempo para ser ese bálsamo para otras personas.
Tiempo. Tiempo. Tiempo. Vale tanto. Seamos inteligentes y usémoslo de la manera más eficaz. Para poder, después, perder el tiempo de manera feliz, pacífica y placenteramente. Eso hace bien al cuerpo, a la mente y al alma.
