En estos días cumplo 60 años. En nuestra imaginación, el comienzo de una nueva década de vida es el comienzo de una nueva etapa. No es como pasar raya y hacer una operación matemática porque las personas no somos sólo números para estadísticas. Somos infinitamente más.
¿Pero cómo sabemos qué somos? ¡Ajá! He ahí la cuestión. Para saber lo que somos debemos observarnos. ¿Y cómo lo hacemos?
En una ocasión un periodista le preguntó a Carolina Herrera (diseñadora e icono de la moda), cuál era el secreto de la elegancia. Y ella respondió: «tener un espejo que refleje tu cuerpo entero». Si. Porque hay que observarse desde fuera. Y eso es posible a través de un espejo. Entonces vemos como somos físicamente y como vamos vestidos. No nos muestra como lo imaginamos, o como nos gustaría vernos, sino como realmente estamos.
Si no nos gusta lo que vemos, lo cambiamos. Y si se trata de algo que no se puede cambiar, como las medidas o las arruguitas que ni nos dimos cuenta cuando aparecieron, sí podemos cambiar nuestra manera de pensar y sentir con respecto a ello.
Eso es en cuanto a lo físico. Pero no termina ahí. También debemos observar nuestra parte emocional. Y poder cambiar lo que no nos guste.
Pero un espejo no nos puede mostrar eso. Entonces el otro se convierte en el espejo que me muestra mi reflejo al interactuar con él. Observo qué reacción provoco yo en el otro o qué reacción me provoca a mí esa persona. Y objetivamente voy reconociendo mis sentimientos, que pueden ser lindos como la alegría y el cariño, o pueden no ser tan lindos como la tristeza o la envidia, y toda la amplia gama de emociones de ambos polos. Pero si los tengo, acepto que los tengo, trato de no engañarme disfrazándolos o negándolos. Si no me gustan, pues los cambio. Puede que no sea fácil, pero no hay otra manera.
Si veo que quien debería cambiar es el otro, NO PRETENDO CAMBIARLO, es su asunto. Cambio mi manera de interactuar con esa persona. Lo acepto tal y como es. Y si no puedo soportarlo, con alejarme de su radio de influencia ya está. No importan los lazos de sangre, ni los acuerdos, ni los contratos. Cuando la interacción se vuelve insoportable es necesario alejarse. Por nuestra salud física y mental.
Lo que no deberíamos aceptar es la inacción de nuestra parte. Con la excusa que solemos decir «nací así y así voy a morir», o de echarle la culpa al signo del zodíaco bajo el cual nacimos, evitamos la tarea de cambiar. Porque cuesta esfuerzo dejar viejos hábitos, desechar ideas impuestas por otros, o simplemente aceptar que ya no pensamos lo mismo.
Si no quiero cambiar no estoy obligada a hacerlo. Es mi elección. Lo que no puedo elegir son las consecuencias de mis acciones. Porque eso no es elegible. En ese caso me aguanto sin quejarme. Porque los demás también tienen derecho a una vida pacífica y feliz, sin oír mis lamentos. No sea cosa que decidan alejarse de mi lado.
Volviendo al comienzo, creo que empecé la etapa de conocerme a mí misma.
